En realidad, es bastante aventurado afirmar tal cosa. Sin duda, definiciones del término Arte van y vienen a través de la Historia Universal. Sin embargo, siempre se han encontrado estas dos constantes en la producción artística de todas las épocas: TÉCNICA, (τέχνη, en griego) (Ars, en latín) y TALENTO, (Ingenium, "tener al genio dentro", lo que pudiera entenderse ahora como creatividad) originariamente, una disposición, temperamento o cualidad, e incluso visto como una capacidad innata de ciertos individuos a los que se les ha dado el nombre de «genios».
Es frecuente escuchar el cuestionamiento "¿el artista nace o se hace?". Esta polémica no hace más que crear un falso problema. Ello promueve el desvalorar el arduo esfuerzo de los artistas por mejorar y pulir sus técnicas, así como cargar la balanza hacia la forma particular de percibir y mostrar la visión personal de todo lo que rodea a los artistas. Hasta ahora, no parece haber una buena razón para separar ambas cosas.
Ingenio o talento, es aquello que ha permitido a los grandes artistas hacer uso de su potencial innovador. El saber aprovechar todos los recursos disponibles es signo de astucia y tenacidad, así como de un estudio constante y profundo para conseguir los objetivos deseados e incluso ir un poco más allá.
Arte e Ingenio, Ars et Ingenium, en este sentido, responde a la necesidad de evidenciar que las cualidades más esenciales de cualquier artista son inseparables.
Conjuntar ambas nociones no sólo responde a una inquietud personal; es y será en principio, parte esencial de mi producción artística y diseñística a lo largo de mi desarrollo profesional; así como aprovechar y conjuntar el legado que me ha dejado la Filosofía; pues una actividad enteramente práctica, sin teoría ni auto-crítica, con el tiempo se vuelve infructífera, tediosa y monótona.
